En el Cauca y el Valle del Cauca, una arepa amarilla y espesa guarda la historia de comunidades indígenas y afrodescendientes que encontraron en el maíz y la semilla de zapallo un lenguaje común.
La primera vez que ves una arepa de pipián puedes confundirla con otras. Es redonda, dorada por fuera, con un tono amarillo más intenso de lo habitual. Pero cuando la pruebas, algo cambia: hay una densidad, una dulzura terrosa y un retrogusto que no tiene nombre fácil en español. Tiene el nombre en las lenguas que precedieron al castellano en estas tierras.
El pipián es la semilla tostada y molida del zapallo, una cucurbitácea que crece en los huertos familiares del suroccidente colombiano desde tiempos precolombinos. Mezclada con masa de maíz, produce una arepa que los médicos tradicionales nasa y misak describen como “alimento completo”: calorías, proteína vegetal, sabor y memoria en un solo disco de masa.
“El pipián no es solo un ingrediente. Es la conexión con los ancestros que sembraban la tierra antes de que llegara cualquier otra semilla.”
Encontramos a Lucía Tombé en el resguardo de Jambaló, preparando una tanda de arepas para el almuerzo comunitario del cabildo. Mientras muele la semilla en un molino de piedra heredado de su abuela, habla con una precisión que no necesita énfasis: “Esto no es folclor. Esto es lo que comemos. Esto es lo que somos.”
La arepa de pipián no ha entrado en los menús de los restaurantes de moda. Todavía. Y tal vez eso sea lo que la mantiene íntegra: sigue siendo un alimento de adentro, no de vitrina.



